En los años ‘50 del siglo pasado, la industria de la música se afianzó. Las ganancias que generaba interpretar canciones o componerlas comenzó a ser muy interesante para muchos. Ésa es la razón por la que varias canciones de compositor anónimo empezaron a ser registradas por muchos que se las atribuían, a pesar de que estas piezas hayan sido de reconocido gusto, mucho antes de esos registros.
“Los magueyes” es un buen ejemplo de lo que ocurría. Gabriel Covarrubias la puso a su nombre y nadie reclamó. Todavía no había conciencia de lo que ello traería consigo. No es una de las más conocidas muestras del poder interpretativo de Miguel Aceves Mejía, pero sí muestra el tono bravío y hasta desafiante que el son jalisciense necesita para ser cantado.