Una expedición guiada por el mismo capitán de yate (Nestor Paiva) que había sobrevivido de la película anterior de esta saga, captura al Monstruo de la Laguna (Ricou Browning). Este descubrimiento de la ciencia, en vez de ser estudiado como se debe, es llevado a un acuario de Florida como nueva exhibición (un hecho que tiene su lógica mercantilista y que es tranquilamente plausible). En ese lugar se dan cita dos científicos (John Agar y Lori Nelson) que rápidamente se involucran. En un intento de someter a la criatura a un aprendizaje similar al de los dóciles delfines, el científico enfurece al monstruo, y este se zafa de sus cadenas, secuestrando a la chica y amenazando la seguridad pública. Como secuela de la famosa El Monstruo de la Laguna Negra (1954), la película se resiente de los formulismos usuales de toda secuela, aunque intenten elevarla de tales la dirección siempre competente de Jack Arnold y una interesante fotografía submarina que posibilita el lucimiento no solo del monstruo sino también del físico de su nueva partenaire.