Adaptada de una novela de Chantal Thomas, esta tragedia stendhaliana que recuerda tanto el espíritu de “Saint-Cyr”, de Patricia Mazuy, como de “La muchacha sola”, de Benoît Jacquot, muestra entre bastidores un mundo en descomposición.
Cadáveres de ratas, mosquitos, pasillos estrechos... Benoît Jacquot adapta una novela de Chantal Thomas y arroja al espectador a un pantano estancado: el Versalles de 1789 en cuyos bordes retumba un pueblo fuera de campo. La Bastilla ha caído. Las noticias van llegando. Los poderosos pierden los nervios. Y los lacayos temen a los revolucionarios tanto como ellos.
Sensual y móvil, la película avanza al ritmo de los pasos apresurados de una seguidora, Sidonie Laborde (Léa Seydoux, en todos los planos), que no deja de correr desde su loft a los tocadores y viceversa. Lectora de María Antonieta (Diane Kruger), alienada por su condición y su amor por un soberano enamorado de su favorita, la duquesa de Polignac, será al mismo tiempo nuestros ojos, ya que el espectador sólo verá lo que ella ve, el vínculo imposible entre nobleza y domesticidad, y el objeto de cruel manipulación por parte de su amado soberano.
“Adiós a la Reina” es, por supuesto, un mordaz relato de la debacle de una casta egoísta y dañina, pero sobre todo autopsia la pérdida de ilusiones de una joven, sacrificada sin piedad en el colapso de un mundo que ella creía ser intangible.