El feroz debut cinematográfico de la escritora y directora georgiana Dea Kulumbegashvili, sobre un testigo de Jehová cuya fe es puesta a prueba, comienza con un acto de hostilidad. La cámara observa desde un punto fijo en la parte trasera de un Salón del Reino mientras el espacio se llena y las persianas finalmente se cierran. Minutos después del servicio, alguien arroja una bomba incendiaria a la habitación. La cámara continúa observando cómo las llamas comienzan a extenderse.
El comienzo se centra en Yana (Ia Sukhitashvili), ex actriz y obediente esposa del líder de la congregación David (Rati Oneli, quien coescribió la película). Yana debe lidiar tanto con su dominante marido como con Alex (Kakha Kintsurashvili), un hombre peligroso que insiste en ser un detective de policía de Tbilisi. Kulumbegashvili establece paralelismos entre el desprecio local hacia los testigos de Jehová –una minoría religiosa en la ciudad montañosa georgiana de Lagodekhi– y un desprecio patriarcal más amplio hacia las mujeres. La sutil actuación de Sukhitashvili aporta interioridad a un personaje que, de otro modo, podría definirse enteramente por su sufrimiento.
La directora prefiere una cámara estática y tomas extendidas que dan a sus composiciones una calidad sagrada. La duración de ciertas escenas parece confrontativa, no muy diferente de las tomas largas de Chantal Akerman en su clásico feminista de 1975 Jeanne Dielman, 23, quai du commerce, 1080 Bruxelles . A través de esta estética rigurosa, emerge un punto de vista distintivo. Un acto de violencia sexual tiene lugar en un entorno de belleza natural: un arroyo murmurante flanqueado por flores silvestres…esta yuxtaposición parece una provocación.