Primero fue la serie de televisión y muchos años después fue el manga. Cuando la serie se transmitía por televisión, siempre tuve una reacción negativa, un rechazo defensivo, un deseo imposible de que, al caminar por las calles de Lima, no se me cruzara el gracioso de turno para imitar a un samurai blandiendo su katana. Eso pasó y años después David, un buen amigo, me volvió a presentar, esta vez el manga.