El Coco se sentía muy triste, ya los niños no creían en él, ¿cómo es que podría sobrevivir? Los padres, necesitados de algo con qué intimidar a sus cada vez más desobedientes y traviesos pequeños le veían con malos ojos, habían incluso llegado a amenazarle con contratar en su lugar al Hombre del Costal, eso era terrible. ¿Cómo iba a sobrevivir el Coco? Es bien sabido que los espantos imaginarios viven sólo en tanto se cree en ellos.
Es entonces que pensó que era el momento de cambiar de profesión, quizás, se dijo a sí mismo podía volver a sus sueños, esos que había delegado cuando fue necesario ganarse la vida, tan guardados en el fondo de su ser que los había olvidado... tardó un rato hurgando en sí mismo, hasta que un oculto rincón de su alma se reencontró con ellos: ¡Eso es! ¡Él amaba a los niños! Su sueño de siempre había sido ser payasito, pero por algún motivo, que nunca pudo dilucidar, fue rechazado de todas las agencias de payasos en las que hizo solicitud; fue por eso que aceptó la única vacante que halló, ser espanto de los niños.
Se hizo clásico durante varias generaciones la frase de "Espera, ahora va a venir por ti el Coco" y las miradas asustadas de pequeños que en el acto cambiaban su comportamiento. ¡Cuántos bonos de productividad no recibió nuestro imaginario monstruo!
Pero el tiempo pasó, y gracias a la televisión y la red se corrió entre todos los niños del mundo el rumor de que el Coco no existía, y los pequeños no tardaron en borrarlo de su lista de seres imaginarios y mágicos entre los que figuraban selectos nombres como Los Reyes Magos y el Ratón Pérez, y se hizo difícil para los padres hacerse obedecer.
Pero en fin, eso era ya cosa del pasado, debía ver esto no como un fracaso, sino como una oportunidad, ni siquiera se dignaría a ir a las agencias de payasos, sería agente libre, se representaría a sí mismo. Así pues, el Coco puso manos a la obra, buscó en su baúl de lo olvidado su maquillaje, estaba algo seco, pero nada que no solucionara un poco de agua, se pintó su rostro y tiñó de alegres colores sus garras, y pensó en un nombre... eso es... se dijo a sí mismo, seré el Payasito Garritas de Colores, y así se dispuso a ir en busca de niños para divertir.
No sé si fue el maquillaje ya caduco que no cubrió debidamente su peludo rostro, o que la pintura no disimuló el filo de sus garras, o quizás que el solvente del barniz enrojeció aún más sus ojos, el caso es que todos los niños a quienes se les apareció huyeron a la habitación de sus padres y estos felices los escucharon decir entre sollozos y gimoteos que ahora sí iban a estudiar y obedecer, y que jamás volverían a ser mentiras, pero que no dejaran que se los lleve el Coco.
10 de Febrero de 2013